lunes, junio 19

Cambio de casa.


Sentimientos mezclados como en cualquier cambio de casa. Fue lindo empezar en éste blog negro y aprender con algo simple. Pero echaba de menos cosas. Tenía ganas de subir mis cuentos y guiones, de clasificar los posts (hay gente que no le gustan los comentarios de películas, pero imagino que habrán otros que querrán verlos.) Como no quería partir de cero, la idea original era tener al mismo dos páginas: seguir con el blog por un lado y por otro tener otra página de cuentos y guiones (porque encuentro tramposo postear cuentos como si fueran posts; soy cuadrado, para mi son géneros distintos). Pero implementando el segundo sitio, me di cuenta que podía IMPORTAR todo el blog hacia Wordpress. Eliminado el costo de ajuste, el cambio era lógico.
Así que éste será el último post en blogspot y el primero en wordpress. De ahora en adelante me podrán encontrar en:

www.guionista.cl

o bien:

www.guionista.wordpress.com

Espero que les guste el nuevo formato. Todos los post viejos pasaron para allá y están categorizados en: películas, links y la vida misma. Y ya subí algunos cuentos y guiones. Puede haber problemas de formato, pero los iré arreglando.
Apenas pueda hablar con Dunga, redireccionaré también mitchgomez.com hacia allá.
Debut y despedida, hola y chao. Espero que les guste.

sábado, junio 10

Weird science.

Imagino que cuando alguien está en metido en proyectos científicos de millones de dólares, máquinas caras y colaboración mundial, lo que espera es cambiar el mundo y que sus descubrimientos tengan serias e importantes repercusiones en la raza humana. Pero, por suerte, la raza humana tiene, muchas veces, una aproximación más chacotera hacia la gran ciencia. Como los hermanos Lumiere que asumieron desde el comienzo que su gran invento no pasaría de ser una entretención de feria (una gran, hermosa e importante feria, pero una feria al fin.)
Lo mismo debe haber hecho fruncir el ceño a unos cuantos científicos y espías internacionales cuando google earth nos permitió jugar a Dios y mirar el mundo con ojos de águila (que cursi, ésta última frase, pero es sólo un blog, así que la dejo.)
Y ahora, gracias a Parrao me entero de la última novedad en ocio e inútil entretención tecnológica. Años de esfuerzos, gastos y esperanzas puestas en la tecnología de reconocimiento de rostros y todo para... para entretenernos viendo a que famoso nos parecemos. Puede sonar algo nerd (o ñoño, como dicen ahora los coléricos jóvenes) y efectivamente lo es, pero les juro que es muy divertido. Con decirles que en uno de mis últimos carretes, un grupo de cuatro parejas nos sentamos frente a la megatónica pantalla mural de Dunga a subir nuestras respectivas fotos y ver a quien nos encontraba parecidos el famoso programa. Y la experiencia puede ser una inyección anímica si resultas ser parecido a Brad Pitt o al mismísimo Kiefer Sutherland (como, modestamente, es mi caso), pero puede ser profundamente deprimente si te pasa lo de Dunga, que salió parecido a Ophra o la Cata que salió parecida a Ariel Sharon. Es que las máquinas son unas desatinadas en ésto de los parecidos.
Si quieren vivir la surrealista experiencia de ver a quién se parecen, deben entrar a:

http://www.myheritage.com/FP/Company/face_recognition.php

creen una cuenta (es gratis) y luego suban sus fotos preferidas. Lo increíble es que el programa identifica sin ayuda el espacio de la foto en que hay un rostro y a continuación entrega varios parecidos con un porcentaje de parecido (sobre 70% es relativamente confiable). Y sí, hay cosas más entretenidas, pero por favor, comparado con el Pictionary, ésto es casi una orgía.

"El Código Da Vinci"


En el resort, todo el mundo leía. Pero todo el mundo leía una sola cosa: "El Código Da Vinci". Paseando por la piscina y la playa vi "Códigos Da Vinci" en todos los idiomas, formatos y versiones que imaginarse uno pueda. Mi madre, omnívora impasible, también leía el suyo. No le quedaba otra; había sido mi regalo de cumpleaños.
Yo no alcancé a leerlo. Estaba en mis planes, pero el libro que llevé me mantuvo ocupado hasta el avión de vuelta. Llené un vacío importante en mi formación literaria, pero abrí un inmenso forado en mi cultura pop y me quedé fuera de un fenómeno de entretención mundial que debe ser único en décadas.
Porro, pero a pesar de todo, responsable, cumplí al final, llendo a ver la película en compañía de mi madre que la certificó diciendo que era "igual que el libro".
La película puede ser descompuesta en dos películas. Hay una película que, a pesar de lo inverosimil y cahuinera, encontré muy original y entretenida. Me refiero a todo el complot histórico teológico, la conspiración que se trata de descifrar y que, me imagino, es la gracia del libro. Pero hay otra película que es simplemente una mala repetición de todas las películas de acción repetidas que vemos siempre, sólo que acá está mal repetida. Y es toda la trama policial, las persecuciones, las traiciones, los balazos, las malas vueltas de tuerca y los casi romances con cero química.
Creo que el "Código Da Vinci" hubiese sido más entretenida en formato "mockumentary", es decir como un documental falso que simplemente contara toda la parafernalia conspirativa sin tener que parar para ver persecuciones, balazos y huídas que no aportan nada.
O, si queríamos hacer un thriller o un policial, hacerlo como la gente. Porque, sin duda, la idea está a la altura de mejores cosas. Si de mi hubieran sido los recursos y los millonarios derechos, hubiese hecho lo siguiente:
El guión para Umberto Eco. Dirección: Polanski o Ridley Scott. Protagonista: Harrison Ford y no se hable más.
La opción de resucitar a Borges y pedirle un cuento de tres páginas sobre la idea, tampoco la descarto. Hubiera salido más barato y más corto, pensando en Punta Cana.

Zoo-resort.


Un resort, como el que fuimos en Pta. Cana, es visto desde afuera, lo más parecido a una granja de humanos. Simplemente haces nada, comes y engordas, como chancho en el barro o humano en la arena. Aunque, pensándolo bien, las granjas ahora distan mucho de ser parecidas a la granja de los amigos de Garfield. Me corrijo entonces. Un resort es un zológico humano. Comer, dormir y hacer nada sin mayor obligación que la de estar ahí. El concepto zológico también da cuenta de la diversidad de espécimenes que habitan el ecosistema. Desde negros que llegaban a ser azules, hasta rusos pálidos y fríos como papeles de arroz. Niñitos que apenas caminaban y viejitos que apenas caminaban. Jóvenes atléticos parafernálicamente tatuados y mujeres cuidadosamente descuidadas, descuidándose con cuidado en topless. Viejos franceses feos, gritones y perpetuados en cerveza, belgas de caricatura, puertoriqueños salidos de un video de Daddy Jankee. Gringas enormes e impúdicas varadas en las arenas y varadas inverosimilmente en las piscinas, sonrientes ballenas blancas.
Los guardianes del zológico eran los dominicanos que, desde su inocente autoridad nos arreaban en dóciles manadas llamándonos con el despectivo apelativo que merecíamos todos:
"Turistas."

jueves, junio 8

Olor a nana.


El otro día freía cebolla para cocinar una plateada a la cacerola. Cualquier dueña de casa chilena lo sabe: freír cebolla para la cocina es como el estiramiento y calentamiento para el deporte: indispensable.
Y fui a sacar una tabla para cortar la carne y la tabla estaba horrorosamente sucia y fungueada por el olvido. La puse sobre el lavaplatos y le dejé caer una generosa cantidad de cloro. Cualquier dueña de casa chilena lo sabe: ante la duda, cloro.
En ese momento, Andrea entró a la cocina. “Hay olor a nana,” dijo. La cebolla murmuraba en el sartén, el cloro escurría por la tabla. “Sí,” dije yo. “Pero de las antiguas.”
Y debe ser eso que te dicen los buenos dueños de casa en las charlas caseras matrimoniales. Uno nunca deja de conocer a la otra persona. Al azar nos enteramos que nuestras infancias olían a lo mismo.

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